1. Muerte

 "Ludmila llora" hecho por Ikimonita Gakarie Ludmila sintió el aire pegándole en la cara, las ideas se aglomeraron en su cabeza, de pronto creyó lo peor y sus ojos comenzaron a derramar lágrimas:

—¡No! ¡No llores Lu! ¡No ahora! ¡Tú no eres ninguna cobarde! .—se gritó a sí misma mientras tomaba con más fuerza el manubrio de su bicicleta. Sus pies no se habían cansado de pedalear, todo su cuerpo parecía comprometido con la tarea de llegar lo más rápido posible a su casa. Ya no oía los gritos de sus compañeros y tampoco sentía en la mejilla el fugaz beso que le había dado Hugo. Su mente ahora sólo pensaba en esa noticia, todo lo demás había desaparecido.

Pronto, vio desde lejos que ya había varios carros estacionados a las afueras de su casa, sintió el peso de la realidad caer en sus espaldas, estuvo a punto de perder el equilibrio de la bicicleta pero logró recuperarse a tiempo. Entró por la puerta principal y vio a gente en el jardín y en la sala, todos la vieron llegar. Ludmila no se detuvo a saludar a nadie, tenía la cabeza llena de polvo y todo su cuerpo estaba sudoroso porque había tomado un atajo que no estaba pavimentado.

—¡Ludmila! —le gritó llorando su mamá.

Lu ni siquiera la oyó, siguió caminando presurosa hasta subir al segundo piso, entonces se sorprendió de no ver a nadie ahí, caminó sigilosa hacia la puerta blanca que había al final del pasillo y se paró en frente de ella. Todavía está viva, pensó y con esa idea en la cabeza empujo con fuerza la puerta.

Allí estaba la habitación tan grande como siempre, sólo que estaba un poco oscura, el enorme ventanal que siempre estaba abierto ahora se encontraba cerrado por las pesadas cortinas. La recámara parecía triste y, débil, muy débil, se oía la respiración de una persona. Ludmila avanzó con pasos sigilosos en el alfombrado piso, distinguió primero el gran sofá que, en frente del ropero, se veía acogedor, luego se enfocó a la enorme cama que estaba justo a un lado del ventanal enorme y notó que, sobre ella, se encontraba el cuerpo de alguien.

Dirigió su cuerpo hacia la cama pensando interiormente que todo era un sueño, vio su figura reflejarse en el espejo del ropero y notó que tenía tierra pegada en las mejillas, quizá cuando lloré la tierra se adhirió a mí, pensó. Entonces escuchó un tosido, uno que no provenía de la cama.

—Se nos fue, Lu.—dijo una voz grave y cansada.—Brídget nos dejó.

Ludmila giró enseguida, sentado sobre el sofá se encontraba un señor que nunca en su vida había visto. Era delgado y de piel morena, lucía cansado y sus ojos estaban hinchados, como si acabara de llorar, era viejo, su cabello lo delataba, las canas le caían graciosas sobre la frente.

—Usted miente.—dijo Ludmila sin saber por qué y se acercó a la cama. Ahí estaba la abuela Brídget, tan pálida como una hoja de papel.

—Abuela, ya vine ¿por qué me llamaste? Vamos, dime abuelita.—le dijo Ludmila en el oído tratando de que la voz no se le quebrara. Su abuela estaba muerta, pero ella no lo quería aceptar. —Por favor abu Brídget dime, háblame, por favor.

El señor se levantó del sofá y se dirigió hacia Brídget, cuando estuvo lo suficientemente cerca de ella le puso una mano en el hombro.

—Lu, no insistas por favor, ella se ha ido.

Ludmila dejó caer su cabeza en el pecho de su abuela y sintió las gruesas lágrimas correr por su cara y mojar la colcha que cubría el cuerpo. Quiso creer que todo era un sueño, pero la realidad que antes ya había caído en sus espaldas viró para darle una bofetada. La abuela Brídget de verdad estaba muerta. ¿Cómo era posible? Ludmila regresó su memoria como si fuera una película de DVD.

En la mañana ella había ido a la habitación de la abuela y la encontró en el sofá con los ojos cerrados. Ludmila la había saludado y luego la abuela había actuado extraño, le había dicho que todo iba a cambiar y que ella debía ser fuerte.

—¿A qué te refieres abu? Todos los días cambia la vida.—había respondido Ludmila sin poner mucha atención.

—Hazme un favor.—le dijo la abuela.—si hoy te hablo a las tres de la tarde, debes venir inmediatamente, tienes que llegar aquí a la habitación porque hay algo importante que debes saber.

Ludmila levantó la cabeza del pecho de su abuela, vio que el señor seguía ahí parado, mirando con una extraña tristeza el rostro pálido de Brídget.

—La abuela me iba a decir algo importante.—dijo Ludmila y después la voz se le quebró.—pe-pero yo no-no pude llega-gar a tiempo.

—No te preocupes Lu, por eso me dejó a mí, la otra persona no tarda en llegar.—dijo el señor con la voz apagada y unas cuantas lágrimas brotaron de sus ojos.

Ludmila tenía muchas dudas en la cabeza, sentía que iba a explotar de tanta confusión que había, ¿cómo era posible que la abuela supiera la hora exacta de su fallecimiento? Hasta le había dicho a la madre de Lu que invitara a ciertas personas para su velorio. La madre de Ludmila se había negado pero la abuela fue tan insistente y lo pidió como último deseo que su hija tuvo que ceder.

Aparte, la abuela nunca había estado enferma y, según sabía Ludmila, tenía mejor salud que todos los familiares. ¿Por qué habría de morir? ¿Por qué cuando Ludmila acababa de cumplir los diecisiete años? ¿Y quién rayos era ese señor? ¿Por qué estaba en la habitación de su abuela? ¿Por qué no había nadie en el segundo piso? ¿Quién era esa otra persona que iba a llegar?

Ludmila se barrió las lágrimas con su playera empolvada y preguntó con voz seria:

—¿Quién es usted?

El señor reparó de pronto en la existencia de Ludmila, se había perdido un rato observando el pálido rostro de la muerta, esbozó una sonrisa amarga y contestó:

—Así que Brídget nunca te habló de mí, fue cierto cuando ella me lo dijo, pero no le creí, esperaba que al menos supieras mi nombre, porque yo Lu, yo lo sé todo de ti.

—¿A qué se refiere? No le pregunté eso, le pregunté quién es usted.

—Humberto, me llamo Humberto…

La voz fue interrumpida porque la puerta de la habitación se abrió, entró una joven de no más de 25 años, era delgada y de piel blanca, de estatura media, tenía un largo cabello ondulado tan negro como la oscuridad, cuando Ludmila la miró ésta le sonrió.

—He llegado Hudo.—la chica caminó hasta el ventanal y quitó las pesadas cortinas de un solo golpe.

—Pero ¿qué crees que estás haciendo? .—se exaltó Ludmila.

—Necesitamos luz.—dijo la chica y miró con cierta tristeza el cuerpo de la abuela.

—¿Tú quién eres? .—soltó Ludmila.

—Ella… —dijo Humberto.—Ella es Arlak.