La calle se tornaba pedregosa frente a los pasos rápidos de Mariana. Ella esquivaba elegantemente todos los bordes y los baches. No pensaba, simplemente corría. Y corrió tanto que no pudo ver cómo la miraban dos personas desde una esquina.
—Ella es la nieta de Sati.—dijo Arlak.
—Probablemente va a ver a Ludmila, ella ya le habrá llamado.—respondió el señor Humberto.
—Tal vez deberíamos hablar con Sati antes de abordar a su nieta.—sugirió Arlak sin dejar de mirar los pasos presurosos de Mariana.
—No, yo digo que no, tenemos que dejar que resuelvan este problema por sí solos. —sentenció Humberto sacando un cigarrillo de su bolsillo.
—Pero Brima nos dijo que los ayudáramos, son tan sólo unos niños… —comenzó a decir Arlak.
—No, ellos sabrán hacerlo bien, créeme, confía en mí, sé que las cosas resultarán como queremos. —interrumpió Humberto prendiendo el cigarrillo.
—No estoy segura Hudo, tengo miedo de que ese loco vuelva a actuar. —dijo Arlak mirando cómo Mariana dio vuelta a la esquina de la calle que llevaba hacia la casa de Ludmila.
—Tendrás que acostumbrarte, mientras no sepamos en quién está, no podremos hacer nada. —dicho esto Humberto comenzó a caminar por la calle contraria a la que seguía Mariana.
Arlak no lo siguió, se quedó parada, pensando en cómo era que había llegado hasta allí, jamás pensó que eso pudiera haber sucedido, no estaba en sus planes, pero ahora se hallaba ahí y tenía que realizar bien su papel para que la muerte de Brídget no hubiera sido en vano.
Mariana llegó sin aliento a la casa de Ludmila, al ver los carros estacionados y las personas vestidas de luto, presintió lo peor. Llegó a la sala y subió rápidamente las escaleras. Se dirigió a la habitación de Ludmila y la encontró llorando y revolviendo su habitación como una loca.
—¡Lu! ¡He venido! ¿Qué rayos haces? ¿Qué pasó? ¿Fue tu abuela? —expresó Mariana inmediatamente con la voz agitada.
—Mariana, ¡ayúdame a buscar! Tiene que estar por aquí… —dijo Ludmila más para sí en medio de hipidos.
—¿De qué rayos hablas? ¡Lu! ¡Escúchame! —replicó Mariana elevando un poco el tono de su voz.
Ludmila se detuvo. La miró un instante a los ojos y entonces se sentó en la cama tratando de calmar su llanto. Mariana la abrazó. Estuvieron así no más de dos minutos cuando Ludmila decidió hablar:
—Mi abuela murió hoy en la tarde, por eso me vine como una loca en la bicicleta, Mariana, tengo que contarte un secreto…
—Claro, dime amiga.
—Mataron a mi abuela.
—¿Qué? —se exaltó Mariana.
—Sí, vinieron dos personas muy extrañas a decirme eso, me dijeron que la abuela fue asesinada, que ella sabía que iba a ser asesinada hoy.
—¿De qué estás hablando?
—Tengo que buscar al asesino. —dijo Ludmila levantándose y comenzando a remover sus cosas otra vez.
—Lu, no hagas eso, hay que decirle a la policía. —sugirió Mariana poniéndose de pie también.
—Tú no entiendes —dijo Ludmila —Esto no es algo que pueda resolver la policía, es algo que debo resolver yo misma, si quieres puedes ayudarme.
—Sigo sin entender por qué lo debes hacer tú.
—Porque me lo dejó la abuela, bueno, eso fue lo que me dijeron esas dos personas. —respondió la chica aventando los libros de su pequeño buró al librero.
—Ni siquiera sabes quiénes son. —debatió Mariana.
—Es verdad, no lo sé a ciencia cierta, pero te puedo asegurar que confío en ellos.
—¿Por qué?
—Porque me hablaron de la medalla blanca.
—¿En serio mencionaron eso? —preguntó Mariana con el tono de voz sorprendido.
—Sí, y tú lo sabes Mariana, eso es algo que no cualquiera sabe, si me lo mencionaron es porque la abuela confiaba plenamente en ellos. —respondió Ludmila dejando de remover sus cosas como para darle solemnidad al asunto.
—Bueno, y a todo esto ¿qué es lo que buscas?
—¡La medalla! ¡No la encuentro por ninguna parte!
Entonces como si el argumento de Ludmila hubiera sido el mejor de todos en la historia, Mariana comenzó a buscar también esa misteriosa medalla.
